El próximo 17 de febrero se celebra el Centenario del natalicio de Julia de Burgos, una de las voces poéticas más grandes que ha dado nuestro País
Qué injusto es el diccionario cuando define poeta como persona que compone
obras poéticas. Qué definición tan hueca, que semántica tan insuficiente. Qué
decir, que nada dice.
Porque un poeta o una poeta (esa palabra poetisa nunca acaba de sonar del
todo) hace mucho más que armar versos, gesta mucho más que palabras sonoras y
precisas. Una poeta se da completa, se entrega toda en la búsqueda de las
palabras, en el delirio de nombrar lo innombrable para que tengamos la serenidad
de confirmar que existe. Una poeta es la voz de nuestras entrañas, de todos
nuestros gritos, de todos nuestros silencios.
Entonces, ¿cómo se honra a una poeta?
Preguntárselo resulta necesario al abordar una figura del tamaño de nuestra
Julia de Burgos, la voz poética femenina más importante del País como la han
catalogado incontables críticos y expertos pero sobre todo como se percibe en la
calle donde, el que más o el que menos, sabe algún fragmento de poemas como A
Julia de Burgos, Yo misma fui mi ruta, Ay ay ay de la grifa negra o Río Grande
de Loíza, por mencionar algunos de sus más famosos poemas que tienen un lugar
asegurado no sólo en nuestra historia literaria sino en nuestra tradición oral,
siempre viva, siempre mutante.
El próximo 17 de febrero, Puerto Rico celebra el Centenario del natalicio de
una mujer que en sus 39 años de vida nos dejó tanta poesía, tantas palabras para
nombrar nuestro mundo conocido tan íntimo como universal. Se ha creado la
Comisión Nacional del Centenario de Julia de Burgos que ha gestado multiplicidad
de eventos, de la mano de esfuerzos espontáneos organizados por otras
instituciones. Desde principios de mes ha sido notable la cantidad de eventos
conmemorativos que tanto dentro como fuera del País se han organizado para
exaltar su legado y rendir tributo a su memoria.
Tan reciente como la semana pasada la República Dominicana dedicó una
importante jornada a su obra y fue develado en Santo Domingo un busto en su
honor. Lecturas de sus poemas, conferencias, presentaciones del documental
Julia, toda en mi de Ivonne Belén, conciertos de su obra musicalizada,
proclamas, exhibiciones en la Isla y en Nueva York, recorridos dramatizados,
develación de un mural, cancelación de sello postal, publicación de libros,
lanzamientos de discos y todo tipo de honores han sucedido y continuarán
sucediendo a lo largo de todo este mes y el año completo en el que se celebrarán
estos cien años por cumplirse desde que Julia de Burgos estuvo entre
nosotros.
Asignatura pendiente
Aún así, ante tanta vida entregada, cualquier homenaje parece pequeño. Sobre
todo si se trata de una poeta principal cuya obra ha sido ensombrecida en muchas
ocasiones por la fascinación y el dramatismo que deriva de su biografía. ¿Por
qué Julia de Burgos, siendo la poeta que fue, no aparece de inmediato en las
listas de grandes poetas latinoamericanas del siglo XX? ¿Por qué siendo tan
grande como Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou, Delmira
Agustini y otras de su tiempo, no es tan conocida internacionalmente?
La respuesta a esas preguntas es una de las grandes asignaturas pendientes
con la poeta de cara a este centenario.
“Es una poeta tan grande pero lamentablemente se le ha hecho más caso a su
biografía que a su obra, se le ha mitificado como una mujer alcoholizada a la
que hay que cogerle pena, porque tuvo una vida poco convencional y por qué no
dicen eso de los poetas varones. Si ella, por ejemplo, habla en su poesía del
desamor es porque la poesía nace de una carencia, del deseo de algo que no se
tiene. A que no le cogemos pena al pobre hombre abandonado, eso es injusto”,
argumenta la académica Mercedes López Baralt, voz indispensable en la crítica
literaria hispanoamericana.
“Tenemos una gran deuda con Julia”, sentencia la estudiosa quien como parte
de las actividades conmemorativas presentará la ponencia Diosa del agua: Un mito
creador de mitos.
López Baralt resaltó además su voz poética feminista, patriótica, libertaria,
contundente al abordar la raza y llena de visiones del amor y de reverencia al
paisaje, entre otros temas universales. El Puerto Rico que retrató “era todavía
muy provinciano, todavía muy racista, que no quiere decir que hayamos dejado de
serlo. Sabemos por su poesía que ella sufrió muchos prejuicios... Es una
poetaza, es de quitarse el sombrero”, afirma la académica para quien la mejor
manera de celebrarla sería “hacer una edición estupenda con toda su obra anotada
y leerla y ponerle muchísima más atención a su poesía que a su biografía. Ella
fue desgraciada en amores pero, ¿a quién no le pasa eso? Que a Julia no le
cojamos pena sino que sencillamente le rindamos el homenaje de la admiración”.
Su historia resuena -comenta López Baralt- con una frase que dedicase Eduardo
Galeano al poeta y cantautor uruguayo Alfredo Zitarrosa, un auténtico genio
atormentado. “Dijo Galeano hablando sobre él que era su amigo: ‘Nos ha dado un
regalo porque ha convertido su dolor en luces alumbradoras para los demás’. Eso
le va perfectamente a Julia”, reflexiona.
La vida con Julia
María Consuelo Sáez Burgos, sobrina de la poeta y comprometida activista en
favor de la difusión de su legado, cuenta que en su casa, de niña, siempre se
habló de Julia en presente. Nunca se fue del todo. Nunca se ha ido. “Mami
sostenía conversaciones con Julia, era parte de la familia y así la conservó
siempre”, cuenta Sáez Burgos quien celebra que próximamente se publicarán las
cartas que Julia enviaba desde Nueva York a su hermana.
“Es Julia hablándose, vas a conocer a la Julia periodista, su prosa. Esas
cartas están llenas de descripciones extraordinarias de lugares, describiendo
Cuba, el Bronx. La Julia cotidiana que hacía esfuerzos por sobrevivir en medio
de la pobreza, la Julia perseguida, la que abogaba por sus derechos desde la
perspectiva de la dignidad y el amor”, comenta la sobrina para quien una de las
grandezas de la poeta fue precisamente el haber estado siempre “adelantada a su
época. Si hubiese vivido hoy quizás habría tenido más libertad pero a lo mejor
también hubiese sufrido porque estaba adelantada siempre. El feminismo de Julia
no venía de libros, sino de su realidad que evolucionó a su poesía”.
Sáez Burgos, quien aún llora al evocarla y a quien su obra continúa
hablándole cada día, no pide grandes pompas aunque sabe que las merece. Espera,
apenas, el homenaje más vivo.
“¿Qué le debemos como País? Respetarla. Saberla. Difundirla”, dice consciente
de que el homenaje colectivo comienza en la intimidad de la lectura, en el
encuentro vivo entre poeta y lector, en esa cosa viva que es la poesía.
Recuperado hoy, 10 de febrero de 2014. http://www.elnuevodia.com/tenemosunagrandeudaconjulia-1707548.html